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Puntos de vista

La relevancia como reto para las marcas del sector de “higher education”

Empecemos con una premisa: las universidades, en su acepción más clásica, buscan preparar a sus alumnos para perseguir un desarrollo profesional concreto y acotado. Sin embargo, en la actualidad, esta premisa resulta completamente obsoleta y caduca si consideramos que, según el World Economic Forum, el 35% de las capacidades para el mundo laboral van a cambiar en los próximos 5 años.

Al analizar las capacidades requeridas para trabajar en un futuro inmediato (pensamiento analítico e innovación, creatividad, diseño tecnológico, liderazgo e influencia social, inteligencia emocional, etc.), observamos que no son materias que se estén trasladando de forma activa y continua desde los centros universitarios.

Si estudiamos el sector bajo el prisma del branding, el gran problema del conjunto no es la diferenciación, ni la autenticidad, ni la credibilidad, sino un reto más de base: un reto de relevancia como marcas que tienen la responsabilidad de conectar el presente con el futuro.

Es necesario, por tanto, que el sector educativo universitario se transforme de manera significativa. Su propósito ya no debería ser el de proveer de herramientas para adoptar una carrera concreta y encontrar un trabajo, sino el de preparar a los individuos para una vida profesional dinámica, adaptable, interconectada y colaborativa.

Reinventarse no es sencillo, pues es necesario evolucionar significativamente la oferta de valor, los procesos, la mentalidad y la forma de impartir clase del profesorado, los materiales, los canales de enseñanza, la forma de evaluar… Pero es una tarea necesaria para poder adecuar las necesidades de la educación futura con la oferta de enseñanza universitaria actual.

Hagamos un ejercicio de proyección e imaginación: si Amazon, Netflix, Spotify y Uber se uniesen para crear una nueva universidad, ¿cómo sería?:

  1. Para empezar, la educación no se concebiría como un mero título; sería constante (nunca te “gradúas”) y más personalizada (adaptada al alumno y al propio mercado).
  2. Se evitaría la especialización excesiva; por el contrario, se potenciarían estudios polivalentes con grados moderados de especialización (“T shaped”).
  3. El papel de los profesores evolucionaría hacia el de mentores, activadores y capacitadores del potencial de cada alumno.
  4. El aprendizaje sería eminentemente práctico y basado más en competencias que en asignaturas. Las temáticas no serían “impartidas”, sino “compartidas” y no como compartimentos estancos y verticales, sino que estarían interconectadas.
  5. Los alumnos no se segmentarían por edad, sino por madurez en un sistema de competencias agregado. Las edades, ciudades de origen y especialidades se mezclarían según la necesidad.
  6. Se trabajaría más en metodologías (creativas, críticas, colaborativas) que en materias concretas. En un mundo de exceso de información, lo importante es saber sintetizarla y procesarla, ponerla al servicio del problema a resolver.
  7. Se invertiría el tiempo con el profesorado en debatir y cuestionar más que en “diseminar información”.
  8. Se usarían plataformas tecnológicas para interactuar de forma visual y directa con materiales, profesores y compañeros a escala global, en cualquier momento y desde cualquier lugar.
  9. Se mediría el progreso de cada alumno en tiempo real, de forma dinámica, visual y enriquecida, con datos cuantitativos y cualitativos de sus diversas interacciones y participaciones.
  10. El modelo apostaría por la suscripción (pago recurrente por educación personalizada constante) más que por un pago de X años.

En definitiva, en búsqueda de una relevancia y una adecuación al futuro inmediato, las marcas del sector educativo universitario deben aspirar a evolucionar y reinventarse igual que lo han hecho otras industrias, y hacerlo bajo la misma mentalidad de agilidad, flexibilidad e impacto. En nuestro mercado, sin duda, contamos con grandes referentes en “higher education” de elevado prestigio y liderazgo global, pero el prestigio corresponde más a un modelo clásico, propio de un mundo tradicional que ya está desapareciendo. El reto será crear marcas educativas que pasen de buscar el máximo prestigio propio a buscar el máximo potencial de sus alumnos para progresar en el futuro.

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